Hace veinticuatro horas exactas salíamos ebrios y tambaleantes de celebrar mi cumpleaños en un bar del Ghetto Vecchio y yo me empeñaba en que me hicieran una foto con los pies metidos en el agua que inundaba la acera del Cannaregio veneciano.

Ahora, en cambio, conducimos por los alrededores del aeropuerto de Orio al Serio, a trescientos kilómetros de Venecia. Buscamos una gasolinera abierta a las dos de la mañana para dejar lleno el depósito del coche de alquiler y poder coger nuestro avión cuando amanezca.

Llueve sin parar. No vemos un carajo. No sabemos dónde estamos. A la salida de un pueblo que parece muerto, como un oasis, aparece una gasolinera con luz.

Está cerrada, pero los surtidores funcionan con tarjeta como un cajero. En el de detrás hay un coche que no está repostando. Contra él se apoya un cincuentón delgado que podría ser panadero. Nos mira con curiosidad, pero ahora mismo mi vejiga piensa por mí. Le ignoro y busco una esquina donde mear. Fur, mientras tanto, se pelea con el surtidor italiano para entender cómo pagar.

Entonces entra en la gasolinera un tercer coche. Del asiento del conductor se baja un tío con pinta de surfero trasnochado (pelo sucio decolorado por el sol, vaqueros rotos, andar tambaleante), y le sigo con la vista mientras dirijo la meada hacia la pared.

Se acerca al cincuentón. Le saluda. Entran al coche donde se apoyaba. Y ahora todo está en orden, porque esto debe ser un asunto de maricas o un trapicheo de droga.

Me la sacudo y mientras me subo la cremallera empiezan los golpes y gritos que vienen del interior del coche donde hablan.

Y del vehículo del que bajó el surfero sale ahora un tipo grande, cincuentón también, barrigón y engominado. Éste podría ser carnicero. Lleva un chaleco de cazador y en la mano algo muy largo que brilla, un destornillador, un punzón, un cuchillo. Camina unos pasos, abre la puerta del conductor del coche donde los otros discuten y empieza a apuñalar rítmicamente.

Corro. Subo a nuestro coche. Las chicas en el asiento de atrás se despiertan, asustadas, y les digo vamonosvamonosvamonos mientras busco el botón del cierre centralizado. Fur, de pie junto al deposito, repite sorprendido “lo está acuchillando, lo está acuchillando”, pero no se mueve.

(Cuando después cuento esta historia delante de él y juro que de haber encontrado el cierre centralizado habría arrancado y huido de allí sin esperar a que se subiera, se ríe como si yo bromease.)

Por fin reacciona y monta, y yo arranco y salgo follado de la gasolinera para meterme de lleno en la lluvia, sin saber a dónde voy pero convencido de que nos siguen.

Sólo diez minutos más tarde, cuando estoy seguro de que no hay coches detrás, me tranquilizo. Sara, en el asiento trasero, va diciendo que no sabe por qué nos asustamos tanto. Que esto pasa en Madrid todos los días.

Encontramos el camino al aeropuerto. Aparcamos. Ellos se duermen rápido. Yo espero al amanecer en duermevela, la lluvia fuera, soñando a cada momento que alguien abre la puerta del coche.