Hace tiempo me escribió un chico.

Decía que llevaba años leyendo este blog. Que le conmovía lo que escribía y me admiraba. Que quería saber mas cosas sobre mi vida y envidiaba a la gente que me conocía personalmente.

El mail era tan afectado, tan rebuscado y ñoño («siempre he querido permanecer leyendo sus palabras hasta la saciedad en la soledad de la noche«) que por un momento pensé que era una broma.

Contaba también que había grabado un disco y que había tenido cierto éxito. Estaba preparando el siguiente y había compuesto una canción sobre mi («¿qué le parece? Me gustaría ver ahora mismo la cara de sorpresa que debe estar poniendo… En efecto: usted ha conseguir inspirarme para componer una canción sobre un señor al que putean constantemente…»). Me pedía permiso para utilizarla.

Se despedía «con el corazón en la mano» y esperando una respuesta. Hubiera apretado su corazoncito dentro del puño hasta reventarlo y se lo habría devuelto metido en una bolsa de papel.

Visité un par de páginas en que se le mencionaba. Vi un par de videos suyos colgados en otra web. Bajé su disco de un programa p2p. Después le respondí. Dije que gracias por los elogios, que su disco me parecía horrible, que tenía permiso para hacer lo que le diera la gana y que según mis cuentas yo había puteado a mucha más gente de la que me había puteado a mi.

Podía haber sido condescendiente con él, cuidadoso, compasivo, pero ser cruel es siempre demasiado fácil.

Dos semanas después, acompañando un mail dolido, me envió la canción y la letra. Y escucharla fue como comer cristal. Era tan mala, tan francamente detestable, que no sé si fue mayor la pena, el asco, la rabia o la vergüenza.

(decía cosas como:
«Como la Luna,
que se ve desde cualquier
parte del firmamento,
sus dedos
solían dejar viajar
hacia lo desconocido»

o
«Creció de cara a la pared
con los brazos extendidos
por miedo a desfallecer…
Vivió deprisa sin aprender
a abrir el cuerpo encogido
por temor a no volar bien…»
)

Hace unos días, por casualidad, encontré el archivo y volví a escucharlo. Fue igual que tropezarse una fotografía donde se sale especialmente feo o una tarjeta de felicitación por el día de la madre que uno escribió con seis años. Como si la voz desentonada fuera la mía, como si yo la hubiera compuesto y grabado.