Llegaron al mes de que yo me quedase solo en la casa. Era mediodía y hacía calor y comí escuchando las felicitaciones de un grupo de amigas que veían el piso todavía vacío.

Eran menos jóvenes de lo que creí por sus amistades. Él con poco pelo y barba y un IMac enorme en la mesa del salón. Ella con flequillo popero y piernas largas. También debía haber un perro pequeño porque a los pies del sofá había una canasta.

Al contrario que los vecinos anteriores, estos no bajaban nunca las persianas.

Debían viajar bastante, porque a veces sí pasaban días con las contraventanas cerradas. Tenían un farol y un cenicero en el balcón, pero nunca les vi fumar. A él (algún día que me quedé a trabajar en casa le descubrí, como en un reflejo, concentrado ante su ordenador) le imaginé arquitecto o diseñador o guionista. Ella tenía que ser azafata, para estar tan poco en casa y tener las piernas tan largas.

(Déjenme explicarles. La calle es tan estrecha que podría haber extendido un tablón de mi ventana a la suya para pedir que me acercasen unos clavos.)

Una mañana, esperando para cruzar Atocha, una chica se me quedó mirando. Tardé en reconocer el flequillo y las piernas. Pensé: “ha debido verme desnudo mil veces. Bajar en pelotas las escaleras al salón, peludo y adormilado, entonando un Fi fa fo fum”. La compadecí.

A veces dormía un tío en su salón. Poco pelo e igual barba, gordo. Creo que solo dejaban a ese amigo quedarse como venganza, obligándome a contemplarlo dormido, sudado y en slips blancos, perniabierto sobre el sofá.

Les recuerdo una noche en el mismo sofá, viendo un película. Ella tumbada con un vestido de verano a rayas que dejaba sus larguísimas piernas al descubierto, la cabeza apoyada sobre la cadera de él. Les envidié tanto que me dolió.

Desde hace un mes las persianas venecianas han estado bajadas. Pensé que era otro viaje fuera de temporada.

Ayer volvían a estar medianamente levantadas, pero los muebles ya no son los mismos. Quién sea mantiene la casa en penumbra, como una cueva, protegido de mi mirada indiscreta. No sé si es él, sin ella. No sé si son otros.

Esta noche he soñado que estaba en la casa. Que allí vivían tres suecos. Que veía mi apartamento desde su ventana. Solo se distinguía el techo de mi salón. La lámpara de la cocina. Las vigas de madera. En el sueño he pensado: “bien, por lo menos nunca me han visto beber café solo, desnudo, un sábado por la mañana”.

Todo un consuelo, aunque ahora me siento menos acompañado.